Irse. Dar el primer paso. Caminar
y sentir de verdad la brisa sobre la cara. Atrás quedan la familia, los amigos,
la verdad que fue verdad en ese momento. O mejor, atrás quedan las imágenes que
uno se hizo de la familia, los amigos: las imágenes de una verdad que dejó de
serlo en el preciso instante en que se creyó haberla encontrado.
Amores que no lo fueron, deseos
consumados, soledades inscriptas en el cuerpo: la mano temblorosa de ansiedad
que intentó esbozar un collage de sentido precario, a partir de las pequeñas
piezas de percepciones multicolores que se pudieron atesorar con la misma
ilusión con la que un niño entiende posible alzar su mano y capturar una mota
del arco iris.
Ahora el aire en la altura espera
ser habitado fugazmente por la materia que se eleva, que vibra y se disuelve
espontáneamente desde la tierra que le dio la vida.
El vuelo: extensión del tiempo y
del espacio, sudor de piel tensa, cuerpos alrededor, mar de palabras que se
confunden e intentan construir un único idioma que las acerque a lo alto, más
alto, sin importar ni pensar siquiera en que algún dios celoso pueda
sacrificarse y descender para preservar su verdad.
Descenso. Descanso. Fuera del
tiempo y dentro de los ojos que se miran en un espejo. Pensar en la eternidad o
lo fugaz no tiene sentido: es seguir pensando con la noción del tiempo. Felizmente: ¡un mundo nuevo! (En realidad, el viejo…) Este mundo, aquí frente a mí.
Me niego hoy a usar adjetivos para describirlo: usar adjetivos es comparar, y
comparar implica indefectiblemente volver a creer en la ilusión de que existe
un tiempo. Eso, lo niego, ahora. Ahora solamente una mota de (semi)conciencia que
observa miles y miles de motas de conciencia que a su vez observan motas de
conciencia observar a otras. Aquello sin nombre que insatisfactoriamente Byron
nombró: eso es lo que hay frente a mí en una ciudad que se conoce como Roma:
“Pero he vivido, y no ha sido en
vano. Mi mente podrá perder su poder; mi sangre, su calor y mi cuerpo podrá
perecer ante la conquista del dolor. Pero hay algo dentro de mí que disolverá
la tortura y el tiempo, y respirará cuando yo muera.”
Lord Byron
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ResponderEliminarEl aqui y ahora... es cierto, el tiempo no existe... Hermosas fotos!
ResponderEliminarGracias Luli!! Un gran abrazo y nos vemos en unas semanas!!!
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