viernes, 21 de junio de 2013

La Ciudad de la Utopía

10 días de trabajo voluntario. 11 personas, una casa inmensa en un suburbio de Roma. Muchas vivencias juntas. Muchas historias de vida entrelazadas.

Y ahora me llevo todo esto vivido a nuevas costas. En una charla de sobremesa aquí mismo, en la Ciudad de la Utopía, decíamos que uno no puede ser uno sin a la vez ser todas las personas con las que se encontró y formó un vinculo, a lo largo de toda su vida.

Así que, bella Italia, arrivederci! Vienen ahora conmigo estas nuevas personas y lo más lindo de todo es que viajo mas ligero que nunca. El puerto de España me espera!












Ah, me olvidaba:

De todo, quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda… un encuentro.

Fernando Pessoa

domingo, 16 de junio de 2013

Tercera estación: Roma de inmigrantes


William nació en Togo, África. Un país que desde hace décadas lucha por ser independiente. Primero, salir de las garras de Francia. Y después, hasta hoy día, una combinación de golpes de estado y el establecimiento de partidos políticos únicos impiden que la democracia eche raíces.
Conocí a William en un festival llamado “Sin Fronteras”, en Roma, organizado por el Servicio Civil Internacional (SCI) para concientizar a los italianos sobre la dura temática del tratamiento de inmigrantes que buscan asilo político, mayoritariamente de países africanos, aunque también de Asia.
Estuvimos sentados frente a frente con William durante dos horas. Juntos recordamos a Thomas Sankara y Burkina Faso. Yo le preguntaba todo lo que se me ocurría en ese momento, tratando de articular claramente cada palabra de mi pobre italiano y de agudizar mi oído para entenderlo. Él me escuchaba paciente y me decía, por ejemplo, que debido a la situación política de su país, le es imposible volver y, obviamente, ver a su familia. Y me decía, además, que Italia no había resultado ser lo que esperaba, en casi ningún sentido.
En Sudamérica estos temas no nos son nuevos, por supuesto. Cambiará el contexto y los actores. Las fechas y los tintes políticos. Pero sabemos muy bien qué implica alcanzar una verdadera independencia democrática. Y también sabemos qué implica pensar distinto y decirlo.
En un momento de la charla William agarra su valija de mano, saca muy lenta y cuidadosamente una bolsa con la palabra “Fuji” impresa, y retira algo de su interior. Me imaginé qué saldría de esa bolsa. En realidad, creí que sabía. Y creí que sabía, hasta ese instante, qué significan muchas cosas. Cuando William me terminó de explicar con un amor infinito quién era su esposa, quién su hijo, quiénes el resto de sus familiares en cada una de las pocas fotos que me mostraba, internamente sentí que un fuego de rabia y dolor me empezaba a inundar: yo sabía muy pocas cosas, me di cuenta de eso, casi sin darme cuenta. William sabía qué era el exilio, la incertidumbre total ante el presente y el futuro. Ser despojado de todo. Por pensar distinto. Volver a empezar desde cero, pero CERO de verdad.
Salí de la reunión casi corriendo. Subí a mi pieza y, mientras me cuestionaba con la intensidad y la velocidad de un huracán conceptos como libertad, ser humano, política, revolución, amor, no-violencia, nacionalismo, cerré los ojos, vi a la familia de William en mi mente, y di un largo suspiro.












lunes, 3 de junio de 2013

Segunda estación: Cuando incluso el tiempo parece detenerse (Roma)



Irse. Dar el primer paso. Caminar y sentir de verdad la brisa sobre la cara. Atrás quedan la familia, los amigos, la verdad que fue verdad en ese momento. O mejor, atrás quedan las imágenes que uno se hizo de la familia, los amigos: las imágenes de una verdad que dejó de serlo en el preciso instante en que se creyó haberla encontrado.

Amores que no lo fueron, deseos consumados, soledades inscriptas en el cuerpo: la mano temblorosa de ansiedad que intentó esbozar un collage de sentido precario, a partir de las pequeñas piezas de percepciones multicolores que se pudieron atesorar con la misma ilusión con la que un niño entiende posible alzar su mano y capturar una mota del arco iris.

Ahora el aire en la altura espera ser habitado fugazmente por la materia que se eleva, que vibra y se disuelve espontáneamente desde la tierra que le dio la vida.

El vuelo: extensión del tiempo y del espacio, sudor de piel tensa, cuerpos alrededor, mar de palabras que se confunden e intentan construir un único idioma que las acerque a lo alto, más alto, sin importar ni pensar siquiera en que algún dios celoso pueda sacrificarse y descender para preservar su verdad.

Descenso. Descanso. Fuera del tiempo y dentro de los ojos que se miran en un espejo. Pensar en la eternidad o lo fugaz no tiene sentido: es seguir pensando con la noción del tiempo. Felizmente: ¡un mundo nuevo! (En realidad, el viejo…) Este mundo, aquí frente a mí. 

Me niego hoy a usar adjetivos para describirlo: usar adjetivos es comparar, y comparar implica indefectiblemente volver a creer en la ilusión de que existe un tiempo. Eso, lo niego, ahora. Ahora solamente una mota de (semi)conciencia que observa miles y miles de motas de conciencia que a su vez observan motas de conciencia observar a otras. Aquello sin nombre que insatisfactoriamente Byron nombró: eso es lo que hay frente a mí en una ciudad que se conoce como Roma:

“Pero he vivido, y no ha sido en vano. Mi mente podrá perder su poder; mi sangre, su calor y mi cuerpo podrá perecer ante la conquista del dolor. Pero hay algo dentro de mí que disolverá la tortura y el tiempo, y respirará cuando yo muera.”
Lord Byron